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E s difícil sintetizar en unas líneas la grandeza artística y teológica del altar mayor del primer templo accitano.

El presbiterio se constituye mediante un pentágono abierto en su totalidad a través de un gran arco a la nave central y por cinco pequeños arcos  a la girola. Al mismo se accede a través de una gran escalinata central y dos auxiliares, situadas en dos de los referidos arcos. Todo el programa, tanto arquitectónico como iconográfico constituye el canto de cisne del barroco español.

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A modo de retablo, se disponen cinco grandes lienzos, obra de Fernando Marín Chaves, en los que se relata la Vida de la Virgen, ocupa el espacio central el misterio de la Encarnación, titular mariana de la Catedral. En los restantes, se ilustra con maestría La Presentación de la Virgen en el Templo, los Desposorios de la Virgen, El Nacimiento de la Virgen y su Asunción a los Cielos. Todos ellos se encuentran enmarcados con marcos-retablo que aumentan la belleza del conjunto.

En el espacio central, se alza el templete de mármol, para acoger la Exposición de Jesús Sacramentado. A la entrada de la capilla mayor, flanqueándola, se hallan dos inigualables ángeles lampadarios cuyo movimiento y dinamismo roza la irrealidad, portando en sus manos sendas lámparas plateadas que dan luz al Santísimo Sacramento. Son obra, también del XVIII, de Ruiz del Peral.

Los lienzos que centran los paños de la girola son de más reducidas dimensiones, pero no por ello de menor calidad; ilustran, en este caso, escenas de la infancia del Señor: La huida a Egipto, la Circuncisión de Jesús, la Adoración de los Magos y la de los Pastores, y la Visita de María a Isabel.

Frente al presbiterio, flanqueándolo, se encuentran sendos púlpitos que merecen ser contemplados detenidamente. A pesar de que las imágenes que poseen están decapitadas desde la Guerra Civil, la maestría de su hechura (empleando mármoles y jaspes, ágatas, serpentinas, pórfidos, alabastros…) hace que conserven todo su valor plástico y artístico. Son obra de juventud de Ruiz del Peral.

Cierra el conjunto la grandiosa cúpula central, ricamente decorada, realizada en piedra en sus ocho partes, descansa sobre cuatro pechinas igualmente talladas sobre piedra y profusamente decoradas. En ella se abren ventanales polilobulados y en el espacio central una linterna. Mucho tuvo que ver en el barroquismo de esta obra el arquitecto Francisco Hurtado Izquierdo, que la configuró sobre diseños precedentes de Vicente Acero y Gaspar Cayón.